02 julio 2016

Martín Kohan: Fuera de lugar




Fuera de lugar transcurre en geografías diversas: la precordillera, el litoral, el conurbano, los remotos países del Este, una frontera. Y también en Internet, el espacio de todos los espacios. Claro que los personajes que se mueven de un lugar a otro, los que parten y se aventuran, no van a quedar por eso más cerca de la verdad que aquellos que se quedan siempre fijos en un mismo punto. Y eso porque la lógica que se impone en Fuera de lugar no es otra que la del desvío. El desvío: ya sea en las perversiones de las fotos con niños que se narran en el comienzo, ya sea en el viaje en extravío que se narra en el final.
¿Qué es lo fuera de lugar en Fuera de lugar? En parte lo es la aberración: eso que no debería suceder y, sin embargo, sucede. En parte lo es la descolocación: el modo fatal en que se desorientan y se pierden aquellos que más seguros se sienten de estar siguiendo las pistas correctas. Y en parte lo es la forma en que Martín Kohan dispone la trama policial de esta novela: hay actos y hay huellas, hay hechos y hay consecuencias; pero las huellas y las consecuencias aparecen siempre en un sitio diferente del sitio donde se supondría, donde se esperaría, donde se las va a buscar.
«Don para hilar diálogos absolutamente naturales. Kohan escribe con una elegante ligereza, con gran atención al ritmo. Lo suyo es la palabra medida, certera. Impecable escritura» (Ernesto Calabuig, El Mundo).
«Prosa hipnótica. Un escritor dueño de un universo literario y de un estilo propio; un escritor de incuestionable firmeza» (Ricardo Baixeras, El Periódico).
«Un escritor llegado al puerto seguro del talento» (Ricardo Menéndez Salmón).
«Rendido a sus pies, señor Kohan» (Carlos Zanón,Avui).


Edita:  ANAGRAMA

01 julio 2016

Andreu Martín: La violencia justa

   


   No acierta Andreu Martín con esta novela pues la alarga en exceso, la llena de demasiada acción al final entorpeciendo el buen trabajo psicológico previo y convirtiéndola en algo cercano a lo inverosímil y lo peliculero, con lo que tira por tierra todo cuanto de matizado, bien meditado y noblemente realista había en el punto de partida: la historia de una mujer maltratada que busca venganza y la de un expolicía ante un caso importante de tráfico de niños. Resolverlo todo por la fuerza ciega la conseguida apuesta por las dos voces narrativas -lo mejor del libro-, el buen uso de las diferenciaciones de carácter y de lenguaje, así como el bien calcualdo ritmo con que se acercan el hombre y la mujer y establecen sus primeros vínculos. No es una mala novela negra, sino una novela que se empeñó en culminar a lo estruendoso en lo negro y olvidó lo demás como atraída por un brillo cegador. 

28 junio 2016

La playa de los ahogados, de Gerardo Herrero




Insulsa película, parecida a un flojo telefilme, de la que dan ganas de alejarse ya a los veinte minutos de metraje, porque todo resulta manido, previsible e insustancial, con una mala interpretación de Carmelo Gómez -gestos desconectados incluso en algunos diálogos- que parece adormilado y distanciado de lo que vive tanto como un mar frío y lejano, una realización plana y sin brío y una trama sin alicientes, sin sorpresas y muy rutinaria. Lástima que el cine español, tan acertado en el cine negro últimamente, pierda el tiempo con el policíaco de esta lamentable manera. 

22 junio 2016

Andreu Martín y los personajes creíbles

Cuando uno lee habitualmente novelas, no deja de hacerse preguntas, más aún si se es tan crítico como yo con lo propio y con lo ajeno. Muchas, muchas novelas se me han caído de las manos por las malas elecciones de los autores, por las imposiciones de los autores que obligan a los personajes a hacer cosas increíbles, injustificables e injustificadas. Con las películas me ocurre aún más a menudo: me distancio, me salgo de la historia, me alejo kilómetros de lo que estoy viendo. Si algo le exijo a un autor es que justifique lo que cuenta, que no me largue discursos, no siembre tonterías manejando a los personajes como si fueran marionetas. Al fin y al cabo, la novela es para mí una indagación en las particularidades del ser humano, sus conductas, sus problemas, sus contradicciones, sus crueldades y sus amores. Por eso, ahora que estoy leyendo una novela de Andreu Martín quiero ponerlo de ejemplo en lo bueno de esto que digo. Sus libros son una mezcla muy adecuada de acción y de psicologismo auténtico, algo perfecto en la novela negra y en cualquier tipo de novela, y llego a la última página siempre porque no me importan otros fallos, otras concesiones si lo fundamental es de buena calidad, que lo es: decir sin mentir, contar sin mentir, describir sin mentir y ayudar a saber un poquito más del bípedo implume. 



21 junio 2016

Los atrevidos: el narrador

  


   Hace algún tiempo escribí esta novela que, al no estar publicada en papel ni aparecer recomendada en medios, pasó completamente desapercibida. Sin embargo, creo que merece la pena su lectura y por eso voy a dedicarle varias entradas en este blog. 
   El narrador es Luis Castillo, el mismo personaje de Última noche en Granada. Intenté varias veces desprenderme de esta voz y de este tipo, pero no lo conseguí. Me costó acabar de escribir la novela porque no tenía ninguna intención de hacer una serie, algo muy común en la novela negra. Como podéis suponer, el nombre es un claro homenaje al personaje de Ross Macdonald, el lírico y agudo observador Lew Archer, la mejor creación -estimo- del género. Pese a esto, dedicarme a seguir los pasos de alguien que tiene una vida muy marcada, unas costumbres muy establecidas y unos vicios infaltables no me atraía, porque no me gustan las repeticiones en la vida ni en las novelas y porque no quería encadenarme a un personaje, a una sola manera de mirar, de decir, de sentir. Sin embargo, supongo que debido a mis limitaciones, mi mundo algo reducido -eso que llaman obsesiones- y mi conocimiento exacto tan solo de unas pocas cosas me hizo volver sobre mis propios pasos -o los de Luis- y continuar su historia, que al parecer no terminó en la primera novela, toda vez que se me impuso la necesidad de escribir una segunda. 
    En Los atrevidos, Luis es el mismo y es otro. Algo bueno, para no cansarme ni cansar al que ha tenido la voluntad de leer la novela. La historia se lo exigió. En Ultima noche era el sujeto paciente, el sufridor, mientras que en Los atrevidos es un observador, muy en la línea de Archer, que se ve involucrado y participa sin ser nunca el protagonista de la trama, sin tener nunca el foco de lo contado puesto sobre él. Así, es su voz la que nos hace llegar la historia triste de una mujer triste que fue violada por su tío cuando tenía diez años. Es su voz la que se esfuerza por recordar y decir cambiando el tono lo que esa mujer sufrió y aún sigue sufriendo. Es su voz la que procura contar y no exagerar, no mentir, a la manera en que Archer narraba pero también a la manera en que narraba Baroja: por el camino de lo esencial y lo verdadero. Luis Castillo es un personaje que cuenta una historia porque está obligado a contarla, porque aún no la ha asumido del todo -una gran diferencia con la novela decimonónica- y porque no comprende en plenitud qué ha vivido, qué supone para su vida y para la de quienes han vivido esa historia con él. Este narrador no es un sabio, no es un viejo que recuerda, sino alguien que cuenta aún poco distanciado de lo vivido, aún perplejo, aún en proceso de asimilación y envío voluntario y consciente de unos hechos a la cueva del recuerdo. Narra porque está obligado a narrar para que otros sepan, quizá para que le ayuden a saber qué sabe. Si yo asumí que él tenía que contar en primera persona es porque su voz era ya un filtro, un primer tamiz, y haber optado por la tercera persona habría sido una mentira, un acto frío que me habría alejado como lector de esta historia. Somos personas, no dioses, y los narradores de tercera casi siempre me parecen imposibles dioses. Un amigo me dijo hace mucho que un narrador de primera no es creíble, porque nadie puede recordar un diálogo completo, el monólogo de otra persona, tantos detalles. Siempre me pesó esa afirmación. Pero la elección del narrador de tercera me habría parecido en esta novela un truco, un artificio, un teleobjetivo. Contar desde el yo es lo que creo más real y más creíble porque todos somos un yo y todos contamos desde nuestro yo. No hay objetividad y no hay lugar para los demiurgos a estas alturas, con todo lo que ha sido ya visto, estudiado y escrito. Quien cuenta desde la tercera ha de ser prodigiosamente jamesiano para no mentir desde la primera palabra. O al menos eso pienso ahora, esta tarde de junio, mientras medito con el calor atemperado en mi ventana y la tarde apoyada remisa en las fachadas de los edificios más cercanos. 

24 mayo 2016

Eugenio Fuentes y Cinco esquinas

Magnífica reseña de Eugenio Fuentes al último libro de Vargas Llosa: ¿quién puede dudar de la valía de la crítica con un escrito como este? 

Aquí.

07 mayo 2016

Cayetano

 Hoy, después de cinco años de una enfermedad abrupta y que no ha dado apenas tregua, ha muerto mi hermano Cayetano. Gracias a él aprendí un día a manejar un ordenador y gracias a él ha existido, por lo tanto, este blog. 
   Descansa en paz, hermano. No te quepa duda de que, estés donde estés, de alguna manera siempre estaremos juntos.
   Como decíamos de pequeños: Jau.

01 mayo 2016

Antonio Jesús García: Danzad, danzad, malditos

   




   Exposición de fotografía de uno de los grandes valores de nuestro país, un artista de poderosa mirada y útil imaginación para ver y plasmar, en MECA

Aquí.

07 abril 2016

John Le Carré: La chica del tambor

 


   Novela de amor, novela de espías, novela psicológica y de contenida y sensata acción, La chica del tambor es la sobresaliente novela de uno de los más grandes autores del género negro de todos los tiempos. Su escritura es no solo madura, sino "adulta", cualidad a la que acceden muy pocos autores de novelas, por más que algunos obtengan premios y otros sean jaleados como maestros. Adulta es la prosa de quien no hace perder el tiempo al lector con descripciones vanas ni hurtándole todas las descripciones; la de quien suministra al lector nuevos conocimientos y bellas imágenes a través de frases plenas de creatividad, espejos reales de lo que el mundo no menos real ofrece a las almas sensibles y empáticas; la de quien acude a detalles de caracterización de los personajes para dotarlos de una vida más completa y transmisible en momentos en que la narración ha de nutrirse de su propia vida interna; la de quien trata al lector como a alguien inteligente, evitando la seducción fácil y el discurso altanero, manteniendo la línea de un estilo propio al que sumarse, al que exigir, al que reclamar desde el propio acto creativo. Prosas "adultas", en tiempos de crisis de la novela, apenas hay unas cuantas. Y la de John Le Carré es de la mejores. 
   La inteligencia práctica de Le Carré tiene una altura que admite escaso parangón en la literatura actual. Su narración es viva, destellante, cerebral y sensorial, demiúrgica y empatizadora, un dechado de virtudes y de apuestas sencillas y factibles que llevan a preguntarse por qué es él tan magistral y aún hay tantos en el estadio de aprendices. No ha conseguido ser un verdadero maestro sino tras escribir un puñado de libros, no es algo conseguido por azar sino tras los trabajos de prueba y rectificación, pero su magisterio es tan claro para el lector imparcial que resulta de alguna manera abrumador e imposible de negar, como ocurría -en otro ámbito y con otras maneras- con el gran Julio Cortázar, admirado incluso por sus enemigos. En muchos autores vemos enjundia hueca, discursos envolventes pero distanciadores, encontramos excesivo amor a la literatura y su consiguiente verborreísmo, hallamos talento para encandilar pero vacío de fondo, superficialismo que lleva a dominar lo contable por apresamiento de la mirada únicamente. En Le Carré, en cambio, hay meditación y acción, contemplación y acción, pensamiento y acción: no es un caso único, pero sí uno de los pocos. Y uno de los pocos imprescindibles para saber qué pasa dentro del cruel mundo capitalista. 
   El rapto emocional, la manipulación veloz de la chica elegida por el servicio secreto israelí para sus fines ocupa muchas y muy reveladoras páginas de la novela, constituyen una apuesta valiente y feliz en la que el lector paciente encuentra razones y motivos para aprender, fascinarse y luchar desde su asiento contra las hábiles palabras de los que retuercen ánimos y personalidades con frases y razonamientos que solo ocultan un fin: la captación ciega. Evitando todo maniqueísmo, Le Carré habla crudo y directo, lanza golpes que no duelen, sino que reaniman. Que nadie espere aquí antisionismo, que nadie espere aquí una toma de conciencia propalestina: en el ánimo del gran novelista, del comprometido novelista Le Carré latía una verdad indomable mientras escribía La chica del tambor: hay algo superior a mi opinión, a mis inclinaciones, a mi punto de vista individual: el correlato de acciones, el sentimiento profundo de los actores del drama, sus miedos y sus deseos más profundos, la verdad sencilla de la gente sencilla, que da sentido a esta narración libre y apartada de la cólera y del afán. 
   Le Carré nunca defrauda en ofrecer emoción narrativa, intriga, suspense y denuncia: su conciencia es un ariete puro que se castiga chocando contra muros de mentiras que todos vemos y apenas unos pocos combaten, locos y quijotes que creen en la vigencia de la palabra, los conceptos y las ideas hechas por y para el hombre. Le Carré es el mejor ejemplo de escritor comprometido de la actualidad, el más inconformista y ambicioso, el superviviente de una especie que con libros y ficción cree que pueden limpiarse los pozos, sacar los cadáveres y purificar las aguas para seguir viviendo bajo un sol que iguala y alimenta a todo el mundo de la misma forma. La chica del tambor es una novela inmortal porque no miente ni manipula, porque hiere y sangra, porque no es un objeto de adorno, porque plantea muchas preguntas que se responden leyendo atentamente y saltando en el asiento. La búsqueda del palestino que comete atentados defensivos y la infiltración de una agente inocente y vengadora en su mundo solo son un punto de partida, un trazado en una ruta que a algunos les parece nada más que un producto de la mente adoradora de la aventura y de la emoción primaria, pero este material lacónico en manos de uno de los más grandes novelistas que han existido es un río hermoso y lleno de vida que sirve para mirarse en las aguas más tranquilas y para lavarse y limpiarse y para nadar y para bucear en lo hondo del ser humano puesto ante las grandes preguntas morales, como ocurre en las mejores y más inmortales obras literarias, grupo al que sin ninguna duda pertenece este libro único. 

30 marzo 2016

Asa Larsson: Cuando pase tu ira

   


   Soberbia novela, que ha pasado a ser una de mis preferidas apenas he acabado de leerla. Lo que tantas veces he reclamado está aquí: una novela negra bien escrita, muy bien escrita, en la que tienen cabida la sensibilidad al lado de la dureza, la ternura al lado de la violencia, la rapidez al lado de la pausa, con muchas imágenes y muchas frases memorables, muy aptas para la relectura y para la degustación a posteriori: una novela plenamente literaria, en la que hallamos una historia interesante y una escritura de alta calidad, desgranada en frases cortas y llenas de ritmo, de un gran sentido del equilibrio en el decir y en la manera de ir diciendo. 
   El inicio es magnífico, a dos voces, como un bello canto de lamento en el que nos habla -casi nada- una persona muerta, asesinada, que poco a poco se convierte en la narradora de tercera persona paseándose por los escenarios fríos y cálidos de esta sobresaliente novela nórdica. Como en Mientras agonizo, de Faulkner, la muerta habla libremente, se expresa sin asustar ni asustarse, con una saludable naturalidad. Aceptar este recurso puede parecer que será a través de un esfuerzo de la razón, pero no es así: el que quiera pensará mientras escucha su voz en una acertada meditación sobre el arte de narrar en tercera persona, quien solo siga la trama entenderá que esta voz es creíble, no un ardid, sino una noble plasmación de una jugosa perspectiva narrativa que otorga movimiento y avance muy significativos al texto, ese que sabe acoger buenas meditaciones sobre la ira, la mentira de la familia jerárquica, la soledad de los que no tienen quien los entienda y los quiera, la vigencia del secreto y la forzosa actuación para mantenerlo, aun recurriendo al asesinato.  
   El tono poético -a ratos, y no aislados- va acompañado de una sensibilidad afinada para captar y describir cosas pequeñas en pocas frases, con imágenes duraderas y que resultan cercanas y hasta vivificadoras, lo cual contrarresta con sabiduría la crudeza de la investigación policial y de los hechos que, arrancando en la segunda guerra mundial, dibujan a algunos seres crueles y abrazados al único calor de sus intereses particulares. Sí, es la voz de la muerta la que hace pensar en un canto de alguien que lo dirige a sí mismo, con toda la verdad que eso entraña, y ayuda a distanciar a esta novela de casi todas las que del género negro hemos leído hasta la fecha, ya que Asa Larsson no se esfuerza en volver compleja la trama, en oscurecerla con detalles al trasluz, sino que tomando un molde -¿no estamos todos de acuerdo a estas alturas en que las narraciones puras son para el cine y la televisión, donde tienen plena cabida y donde pueden brillar con fuerza, y en que la narrativa ya ha quedado liberada de esa atadura no obligatoria y es perfecta para apuestas más personales, más políticas, más arriesgadas?- centra toda su atención y empeño en los personajes, en el peso de la culpa sobre algunos de ellos, en las relaciones que los unen y separan sin apuntar a la explicación baldía ni a cerrar círculos que solo vacíarían de verdadero contenido una indagación libre. 
   Prodigiosamente directa y cabalmente realista, la autora no tiene prisa en contar, da tiempo a los personajes para que sean y se expresen, a la historia para que cuaje con toda su potencia sentida y sensible, con lo que logra plasmar un relato dramático y muy humano en la que es sin duda una de las más destacadas novelas negras de los últimos tiempos. 

23 marzo 2016

Magical Girl, de Carlos Vermut

 


   He aquí una de las pocas obras maestras que atesora el cine español, una película sorprendente y sobrecogedora, un acierto desde el primero hasta el último de su metraje, con unas interpretaciones sobresalientes y una dirección de sabio conocedor del medio. Conforme la historia va avanzando, es imposible no empezar a pensar, no tomar partido, no temer y no sufrir por lo que se intuye que puede pasar, eso que tan bien hacía el maestro Hitchcock, único en involucrar al espectador y sacudirlo y zarandearlo y llevarlo de acá para allá embobado y fascinado. En los silencios de esta película hay más vida que en muchísimos diálogos de otras, en la interpretación del excepcional José Sacristán hay un hálito de verdad que remite a los logros de esos grandes del cine lejano con nombre estadounidense o tan cercano con el nombre inmortal de José Bódalo. En la profundidad de la historia, su riesgo y su valentía hay una firmeza que devuelve al cine al mejor lugar posible, ese que emparenta con la alteridad y la fascinación y la empatía y la sorpresa y el encogimiento de los músculos del alma. 
   No creáis que soy hiperbólico con esta película porque sí: buscadla y trata de desmontar cada una de mis afirmaciones. Y dejaos llevar a un lugar del que se vuelve sabiendo que el arte no ha muerto. 

16 marzo 2016

Dennis Lehane: Abrázame, oscuridad

 


   A Dennis Lehane le sobra talento para escribir novelas mejores que esta. Es en lo primero que pienso cuando acabo la lectura de Abrázame, oscuridad, segunda de la serie dedicada a los detectives privados Patrick Kenzie y Angela Gennaro. Y se percibe ampliamente a lo largo del libro, que no es muy original en la trama pero posee no pocos aciertos en la narración. Abordar el tema del asesino en serie sin que el lector se sienta en territorio conocido, demasiado familiar, no es nada fácil. Lehane no lo consiguió con esta novela: es otro asesino en serie más, uno más. Tampoco la investigación, la caza del asesino aporta mucho: hay emoción, hay buena ilación, pero no encontramos sorpresas pujantes ni giros brillantes, deslumbradores. Lehane lo confía todo al peso del pasado, a las acciones erróneas y crueles del pasado, y por ahí el libro se salva, busca otro camino que lo hace diferente y, lo que es más importante, casi (solo casi) creíble. Lehane da por sentado que los lectores ya conocen los trabajos y pasiones de los asesinos en serie y decide entrar en una historia de barrio, familiar, de amigos y conocidos, de bares pequeños y personas que tienen cosas y las pierden por culpa de los deseos insatisfechos: y de nuevo acierta, porque convierte Abrázame, oscuridad en un canto nostálgico, en un homenaje a recuerdos y personas recordadas (habla el autor de su propio barrio, en el que creció y al que está sentimentalmente ligado para siempre), a lugares que no deben morir. Acierta, pero el acierto es corto, una manera tan solo de salir airoso, ya que el exceso de violencia, de muertos lastra la novela, empuja a los rincones (a los márgenes) los capítulos de bellas escenas de inocente amor, de bellas escenas con diálogos vigorosos en los que salta muy vivo el pasado más sencillo y luminoso. La mezcla de durísima novela negra y de evocación de unas gentes y un barrio no alcanza jamás un equilibrio justo (sí el honesto) y deja a la novela a medio camino, en un punto interesante pero no memorable. 

09 marzo 2016

Sergio Leone: Érase una vez en América




   Por la original escritura del guión, por la intensidad en las escenas más decisivas y por el ritmo tan sostenidamente realista me parece que esta película es una de las mejores de la historia del cine y, por consiguiente, una de las imprescindibles del género negro. También hay que sumarle la grandiosa banda sonora de Ennio Morricone, sentimental pero no melodramática, como la propia película, cuajada de bellas melodías que uno puede silbar y recordar con los ojos cerrados mientras reposa en la cama, una tarde tranquila o una mañana de insomnio, dejandose llevar, dejándose ir.
   La imagen final me puso un nudo en el estómago la primera vez que la vi y me lo pone siempre que la veo y pienso en lo que supone para la historia, para las relaciones de los amigos que protagonizan este espléndido film, que es una historia de amor y una historia de amistad y una historia de violencia y una historia social: todo en uno y en las proporciones quizá más sabias que he visto en el cine. Que cuando acaba la proyección -me valgo de este viejo recuerdo, en esta época de pantallas en casa- tengas que pensar y reconstruir o quedarte a ver de nuevo el principio para completar -ah, qué añoranza de la sesión continua-, entender, saborear y sentir inevitablemente más fuerte el nudo es algo que me parece duramente gratificante, un premio que se recoge con el ánimo encogido al principio y restallante al final cuando se comprende que estás ante una obra de arte única, irrepetible. 
   Amapola: la niña bailando y sabiéndose observada, candidez premeditada, niñez total y niñez desgarradamente adulta. Cuando suena Amapola bajas un poco en el asiento, esperas con los ojos entrecerrados, te sacude una emoción pura. Disparo: y el niño cae, cree que resbala, lleva dentro la muerte pero no sale por sus ojos, no estalla hacia fuera, como si morir se tratara de devolver algo que no era nuestro, que solo nos habían prestado. Venganza: que es ajuste de cuentas, situar al pasado en el punto exacto de explosión, de orden imposible, de serenidad que solo cabe en ti, en tu cuerpo aún vivo. Amor: que no es tuyo, que se te ofrece como el reflejo en la superficie de un río que corre imparable, que te vuelve furioso para dañar y dañarte y no reconocer ni reconocerte ni saber qué era el amor. Calle: donde nada eres y donde tienes que luchar para ser y mejorar con risas y picardía, con la mirada puesta en la esquina hacia la que correrás para alcanzar o para huir. 
   Sí, cómo contar de otra manera, cómo hacer crítica o reseña cuando es admiración únicamente lo que te produce lo que has visto. Admiración: visión interior de algo que pasó a formar parte de ti y es tan vivo y real como tú mismo.